Mi labor es aprender sobre desarrollo y salud global, y viajar a los países pobres para conocer a los agricultores que no pueden cultivar alimentos suficientes, a madres que no pueden mantener la salud de sus hijos y a los héroes que trabajan sobre el terreno y tratan de atender estas urgencias. Muy poca gente puede dedicar el tiempo a comprender verdaderamente estos problemas tan complejos. Y aún menos pueden reunirse realmente con las personas que luchan para superarlos. Es por eso que escribo una carta todos los años.
Quiero que la gente conozca el increíble avance que hemos logrado. También deseo que vean la cantidad de progreso que se necesita para que podamos vivir en un mundo verdaderamente equitativo.
En la carta de este año, me centro en las cuestiones de los alimentos y la agricultura (aunque también informo de novedades con respecto a toda la labor que desarrollamos en materia de salud global y educación impartida en los EE. UU.). Cuando estaba en el instituto, un famoso libro titulado La explosión demográfica esbozaba una trágica visión de una hambruna masiva en el planeta que había dejado atrás su capacidad de carga. Esa predicción era errónea, en gran parte porque los investigadores han desarrollado semillas mucho más productivas y otros instrumentos que han ayudado a los agricultores pobres de muchas partes del mundo a multiplicar sus cosechas. Como resultado, el porcentaje de personas que se encuentran sumidas en la extrema pobreza se ha reducido a la mitad en el transcurso de mi vida. Esa es la cara positiva del progreso a lo largo de la historia, y no mucha gente la conoce.
Pero también está la cara del progreso que queda por llegar, y la gente también debe conocerla. Todavía existen más de mil millones de personas que viven en la extrema pobreza. Se encuentran principalmente en el sur de Asia y en la región subsahariana, y viven al borde de la inanición. En todo esto hay una ironía, porque la mayoría de ellos son agricultores. Podemos ayudar a que estos mil millones de personas sean autosuficientes, al igual que hemos ayudado a miles de millones antes que a ellos, pero hemos dejado de intentarlo. En cierto punto, la sensación de crisis en torno a los alimentos se ha disipado, y la proporción de la ayuda extranjera dedicada a la agricultura ha caído de una quinta parte a menos de una vigésima parte.
La esperanza que reside en mi carta anual es que ayude a la gente a sumarse a la alternativa que todos tenemos que elegir. Inversiones relativamente pequeñas han cambiado el futuro de cientos de millones de familias pequeñas de agricultores. La elección es la siguiente: ¿continuamos esas inversiones para que esos mil millones de personas pobres se beneficien? ¿O seguimos tolerando un mundo en el que una de cada siete personas está desnutrida, raquítica y en peligro de morir de hambre?
En tiempos de presupuestos ajustados, tenemos que establecer prioridades. Está claro que, justo en la actualidad, estamos en peligro de decidir que esa ayuda a los más necesitados no sea una de ellas. Sin embargo, confío en que si las personas entienden aquello que se ha conseguido gracias su ayuda, así como el potencial de lograr mucho más, insistirán en hacer más, en vez de menos. Por eso escribo mi carta. Espero que la lea atentamente y la comparta con amigos y familiares.