Mi hijo ya no come arena

Paloma Escudero Pérez
17 diciembre 2012

Solo quienes han sido testigos de los efectos de los programas de prevención de la desnutrición infantil y el tratamiento de los casos agudos, son capaces de calibrar su impacto. A los pocos días de comenzar con los suplementos alimenticios, los niños recuperan la vitalidad, la sonrisa y las ganas de jugar, y las familias se convierten en el mejor altavoz de la campaña. Algunas madres describen el efecto con una sencillez demoledora: “Mi hijo ya no come arena”. Toda la crudeza del hambre y toda la esperanza de un presente mejor en solo seis palabras.

La lucha contra la desnutrición infantil encapsula toda la argumentación a favor de la ayuda al desarrollo: la reducción de las desigualdades que lastran el futuro de los niños es una inversión justa, rentable y eficaz, y Mauritania constituye un éxito poco conocido en esta batalla. Aunque la desnutrición crónica sigue afectando a uno de cada cuatro menores de cinco años, a lo largo de las últimas décadas Mauritania ha logrado reducir a la mitad su prevalencia y camina hacia el cumplimiento del Objetivo del Milenio para 2015. De haber seguido la trayectoria del continente, Mauritania tendría hoy 87.000 niños desnutridos más.

Durante los últimos cinco años el país ha ido dando los pasos que le permitirían prevenir la desnutrición del futuro y lo ha hecho gracias a la voluntad política del Gobierno, la creatividad de las organizaciones humanitarias y los recursos económicos de los donantes. España, en particular, ha jugado un papel protagonista en este esfuerzo. El vehículo concreto ha sido la Iniciativa REACH, a través de la cual, Gobierno y agencias internacionales combinan políticas activas de nutrición, seguridad alimentaria y protección social en un esfuerzo innovador y coordinado que puede marcar el camino de la lucha contra el hambre en las próximas décadas.

En un momento de restricción generalizada del gasto público, como la que se está produciendo en España, existe la necesidad de justificar el valor y el impacto de cada euro. Precisamente este caso que describe el reciente informe de UNICEF España, “Mi hijo ya no come arena”, es una excelente oportunidad para demostrar a los contribuyentes españoles, el valor de la ayuda y la necesidad de sostener los programas de cooperación. Cooperar para contribuir al esfuerzo de todas aquellas poblaciones que afrontan las consecuencias de la desigualdad tiene resultados reales y concretos: 87.000 niños menos no comerán arena en Mauritania.

Ahora, la pregunta que nos hacemos muchos es cómo vamos a poder mantener esta trayectoria de éxito en el futuro, cuando a la crisis múltiple que castiga a toda la región del Sahel, se unen las incertidumbres sobre el compromiso financiero de los países donantes como España, que ha reducido los fondos de ayuda al desarrollo en un 70% en los últimos años.

Con todo, incluso en este contexto de crisis, hay margen para tomar decisiones estratégicas y buscar salidas que no generen más desigualdad. La protección de los más vulnerables tiene que estar en el centro de las decisiones. Es el único modo de evitar, como ha dicho recientemente Ban Ki-Moon, que “carguemos sobre las espaldas de los más débiles el efecto de la austeridad fiscal”.

 
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